Cómo te va? después de tanto tiempo nunca pensé que te volvería a ver
Te escucho hablar cambiaron tantas cosas que novedad en soledad al fin
Se escapa una sonrisa que voy a hacer
quiero entrar en tu vida y me haces sentir tan bien
Cuando te escucho decir mi nombre puedo escuchar campanas golpeando dentro del alma
cuando lo decis vos va directo al corazón directo al corazón
Una tarde gris caminando en el centro es tan especial cuando yo voy con vos
Las hojas en el viento
moviendose asi es como me siento desde la primera vez
Cuando te escucho decir mi nombre una sirena canta un ángel pierde las alas
cuando lo decis vos va directo al corazón directo al corazón
A.D.
No sé explicar el motivo de publicar en primer lugar esas palabras que mías no son.
De un tiempo acá como dice Raquel siento que el tiempo se consume más rápido, las cosas como que empiezo a disfrutarlas menos, siempre estoy pensando en los deberes que tengo pendientes, en andar rolando de allá para acá y por la noche llego tan cansada a casa y me da flojera sentarme a pensar.
Ultimamente debo confesar que he leido poco, cojo un libro y de repente nada. Me da escalofrío pensar en que he perdido el gusto por todos los pequeños detalles y hasta por la lectura mi mayor entusismo en este mundo.
miércoles, octubre 31, 2007
lunes, octubre 15, 2007
Entre los de 50 y una fundición de alborada

Confundidísima una noche maravillosa de sábado y un domingo impecable. No puedo quitarme de la mente algo que ví pero tampoco puedo decir que fue, sólo que constaba de limpieza, frescura y blancura. Satisfecha (exacerbadamente)
Sólo dormí dos horas pues llegué a la fiesta como a las nueve, cené unos tacos riquísimos, luego empecé a copear un poco y la buena Vero echándome la mano. Luego entre los invitados, bastante mayores que yo y ningún contemporáneo empezamos a cantar de son a son, de trova a trova, de poema en poema, de trova en trova y de josé Alfedro en José Alfedro. A la una de la mañana me percaté que la persona más joven en esa fiesta tenía alrededor de 35 años. Me puse a pensar en lo lindo que la pasé, divertidísima. Los demás eran de rodada 40, de rodada 60, de rodada 70 y hasta de rodada 80. Imaginaos, Bizarrísimo. Sin dar mucho dato, tan divertida estaba que me dormí hasta las 7:00 sin ver el amanacer pero viendo cosas mejores, amaneceres distintos.
Definitivamente esa noche me volví más sensitiva y empecé la semana cargada de nuevas experiencias (peligrosas)(gozosas) maduras y entrañables.
Bien la fiesta de Jaime.
Y bien por mí que fui la única que no es de la familia, la única que no pasa de los 30, la única que se durmió hasta las 7 y la única que se sintió muy FELIZ y altamente satisfecha.
Además que linda es la juventud cuando alguien más joven que tú decide regalartela.
martes, octubre 09, 2007
SEMANA SIN IGUAL II

Hasta ahora escribo pues de tanta dicha me quedé como atolondrada.
Doy inicio: Por hazares del destino, o bien del Oráculo el martes 2 de octubre no fui a trabajar y dispuse mi tarde lista para marchar, gritar y correr rememorando el ¡2 de octubre no se olvida!, ¡este día no es de fiesta, es de lucha y de protesta!, ritmicos o no, con buena retórica o no, que más da, sentí en principio nostalgia y luego ese extraño consquilleo por todo el cuerpo, entre euforia, alegría y tristeza, en cada marcha siento lo mismo, esas conquillas supongo que tambien es un poco de nervio. Esa tarde iba acompañada de la buena oriana, todo un personaje, y una personota, es como una caricatura de tamaño real y su vida tiene un gran toque de comicidad, es como todo un espectro real. Me encanta estar con ella y reir por grandes ratos pero platicar como dos mujeres de tamaño pequeño pero con corazón y cerebro gigante (no cabezonas) (jaja) hablar de cosas reales, preocupantes del sub, de la sierra, de la economía, de la coca cola, de aquello de vivir como los Beat, por eso de la sangrey hasta llegar a pensar en ser madres y educar a los hijos: Esa tarde marchamos con todos, de un lugar a otro, de un grito a otro, hace un par de años no iba a esa marcha tan significante para mí, como para muchos. El 2 de octubre comencé el día poniendo el disco que Oscar Chávez grabó sobre esa fecha, como siempre la "Carta de Margarita" me hizo llorar y recordar, aunque no lo viví lo imagino muy cercano, muy nítido, muy mio.
Lo caotico de todo, es lo caotico de ese día, maravilloso día, Fue un día maravilloso, como toda esa semana, como este mes??? Me dejó pensando alegre y con vibras un día el sub y al otro 2 de octubre
viernes, octubre 05, 2007
SEMANA SINIGUAL

Esta semana la predispuse como una semana maravillosa, desde el domingo estuve pensando en que debería ponerle un poco de ánimo a mi vida. El lunes me dispuse a levantarme temprano de la cama y llegar a clase a las 8:00, además leer con atención
Poéticade Aristóteles y memorizar cada una de las características y partes de la tragedia. Todo ha ido bien desde entonces. Transcurrió la mañana en la UAM y todo lindo excepto por el acosador que estaba esperando en la puerta del aula. El acosador es lo único malo que ha estando rondámdome en la escuela y en el trabajo, FUFUFU, fastidio. Pasadas las 2:30 llegué a la librería convencida de lo maravilloso que es el
Poema de Mio Cid, genial, verdaderamente magnifico, me ha conquistado. Jamás pensé que los textos de la época medieval me maravillaran tanto. Continuo en Ático y pasé la tarde con mi amiga Vero, entre broma y broma, y un poquito de carrilla. Antes del cierre revisé el diario y unas letras bein maracdaas invitan al público en general, a la tropa y a todos los interesados en los HOmbres hechos de maiz que portan pasamontañas como posición política y estética a presenciar una conferencia en la glamourosa CAsa LAmm. Ohhh sorpresa, el sub iba a leer un discurso, entonces me apresuré a cerrar y empezó una euforia grande, de aquéllas que uno sentía cuando era 6 de enero, estupendas conmociones p'odría decir que es como un orgasmo espiritual. Salimos apresuradas yo un poco más que Vero, a la cual, el zapatismo y la politica le quedan muy lejos de su mente. Sin embargo por una extraña razón la susodicha decidió acompañarme sólo a la puerta, quería ver a la Mónica que persigue y corretea al sub, así que entramos y ella decidió quedarse, hasta el final del comunicado. Ella escuchaba atenta y de repente pregunta algo, se notaba interés de su parte. Entre los gritos y las pugnas no faltaron los PUTOS de los amarillos, esos que dicen tener el sol,por favor, ni Copérnico blasfemó tanto. De repente que se arma la gorda hasta el sub nos calló a todos en al ronda de respuestas. Yo quedé satisfecha con todo lo que dijo. Terminó la reunión y se empezaron a armar de nuevo los empujones, supongo que varios queriamos decirle algo, hacerlo sentir querido y acompañado, la verdad es que también creo que muchos de nosotros fuimos para sentirnos menos solos, menos tristes para quedarnos con la imagen de sus ojos y su humilde mirada aunque fuera por unos días. Para retomar fuerza al escuharlo defender tantos sueños, que han ido cosntruyendo. Las utopías que ellos han ido CONSTRUYENDO. Me emocioné mucho, como siempre, pero más conmovida estaba al ver la cara de mi amiga, temblando y al borde la lágrima, queriéndole decir no sé qué pero emocionada hasta las entrañas, lo pudimos tener cerca hasta alcanzarlo con la mano, solo le grité confio en tí y mi amiga se aventaba todo un discurso entre gritos y silencios. Sin embargo no faltaron palabras, su mirada fue todo, el sub voltéo y la vio. Ella no lo creía. Me preguno si el recordará los rostros de todas aquellas que nos hemos puesto al borde del llanto (y en soldedad lloramos) al verlo.
Terminó todo el se metí en una habitación mirando hacia abajo para ver bien donde pisa y no equivocarse pues a veces los tropiezos cuestan la vida. Salimos de casa
Lammesperamos su camioneta para verlo y despedirle auque a través del cristal. Estuvimos un buen rato pero no salió la noche estaba avanzando y decidimos marcharnos a casa. Las dos nos fuimos contentas muy contentas y con unas sonrisotas en el rostro. Va todo tan bien y apenas es LUNES 01 de Octubre enuncié.
martes, septiembre 18, 2007
El legado de Vilma Espin: Revolución dentro de la revolución
Ser mujer implicó siempre un camino cuesta arriba y ello prevalece
hasta nuestros días. María de los Ángeles Querol, arqueóloga española
experta en el Paleolítico, lo define muy bien: el rol de las mujeres
en la evolución del ser humano ha sido poco reconocido e incluso
ignorado por la mayoría de los autores, desde Darwin. Pero “ningunear”
a la mujer no ha sido exclusividad de expertos y científicos. El
ideario católico, para el que “Dios creó al hombre - no a la mujer - a
su imagen y semejanza”, ha tenido un peso decisivo en siglos de
discriminación y explotación.
Incluso en las revoluciones socialistas, donde se socializaron los
medios de producción y se abolió la explotación del hombre por el
hombre, las mujeres se vieron obligadas a enfrentar el denominado
“machismo-leninismo” y luchar por sus derechos para lograr una segunda
y verdadera independencia.
Oliverio Comte
Punto Final
miércoles, agosto 29, 2007
Londres-México
"Y ahí comprendemos que vivir no consiste sólo en
tener cosas, sino en este paso irremediable de lo
blanco hacia lo negro, de preferir en pleno día a
la noche, de estar alegre y pasar a estar triste,
de ser culto y viajar a la barbarie, de ser
bárbaro y viajar hacia la cultura, de ser bueno y
querer ser malo y de la maldad pasar a la bondad.
Vivir en suma es poner el pie en la huella del
diablo"
R. Kusch
tener cosas, sino en este paso irremediable de lo
blanco hacia lo negro, de preferir en pleno día a
la noche, de estar alegre y pasar a estar triste,
de ser culto y viajar a la barbarie, de ser
bárbaro y viajar hacia la cultura, de ser bueno y
querer ser malo y de la maldad pasar a la bondad.
Vivir en suma es poner el pie en la huella del
diablo"
R. Kusch
lunes, agosto 27, 2007
El JaRdÍn EnCaNtAdO
Italo Calvino
(1923-1985)
El jardín encantado
Giovannino y Serenella caminaban por las vías del tren. Abajo había un mar todo escamas azul oscuro azul claro; arriba un cielo apenas estriado de nubes blancas. Los rieles eran relucientes y quemaban. Por las vías se caminaba bien y se podía jugar de muchas maneras: mantener el equilibrio, él sobre un riel y ella sobre el otro, y avanzar tomados de la mano. 0 bien saltar de un durmiente a otro sin apoyar nunca el pie en las piedras. Giovannino y Serenella habían estado cazando cangrejos y ahora habían decidido explorar las vías, incluso dentro del túnel, jugar con Serenella daba gusto porque no era como las otras niñas, que siempre tienen miedo y se echan a llorar por cualquier cosa. Cuando Giovannino decía: “Vamos allá”, Serenella lo seguía siempre sin discutir.
¡Deng! Sobresaltados miraron hacia arriba. Era el disco de un poste de señales que se había movido. Parecía una cigüeña de hierro que hubiera cerrado bruscamente el pico. Se quedaron un momento con la nariz levantada; ¡qué lástima no haberlo visto! No volvería a repetirse.
—Está a punto de llegar un tren —dijo Giovannino.
Serenella no se movió de la vía.
—¿Por dónde?—preguntó.
Giovannino miró a su alrededor, con aire de saber. Señaló el agujero negro del túnel que se veía ya límpido, ya desenfocado, a través del vapor invisible que temblaba sobre las piedras del camino.
—Por allí —dijo. Parecía oír ya el oscuro resoplido que venía del túnel y vérselo venir encima, escupiendo humo y fuego, las ruedas tragándose los rieles implacablemente.
—¿Dónde vamos, Giovannino?
Había, del lado del mar, grandes pitas grises, erizadas de púas impenetrables. Del lado de la colina corría un seto de ipomeas cargadas de hojas y sin flores. El tren aún no se oía: tal vez corría con la locomotora apagada, sin ruido, y saltaría de pronto sobre ellos. Pero Giovannino había encontrado ya un hueco en el seto.
—Por ahí.
Debajo de las trepadoras había una vieja alambrada en ruinas. En cierto lugar se enroscaba como el ángulo de una hoja de papel. Giovannino había desaparecido casi y se escabullía por el seto.
—¡Dame la mano, Giovannino!
Se hallaron en el rincón de un jardín, los dos a cuatro patas en un arriate, el pelo lleno de hojas secas y de tierra. Alrededor todo callaba, no se movía una hoja. “Vamos” dijo Giovannino y Serenella dijo: “Sí”.
Había grandes y antiguos eucaliptos de color carne y senderos de pedregullo. Giovannino y Serenella iban de puntillas, atentos al crujido de los guijarros bajo sus pasos. ¿Y si en ese momento llegaran los dueños?
Todo era tan hermoso: bóvedas estrechas y altísimas de curvas hojas de eucaliptos y retazos de cielo, sólo que sentían dentro esa ansiedad porque el jardín no era de ellos y porque tal vez fueran expulsados en un instante. Pero no se oía ruido alguno. De un arbusto de madroño, en un recodo, unos gorriones alzaron el vuelo rumorosos. Después volvió el silencio. ¿Sería un jardín abandonado?
Pero en cierto lugar la sombra de los árboles terminaba y se encontraron a cielo abierto, delante de unos bancales de petunias y volúbilis bien cuidados, y senderos y balaustradas y espalderas de boj. Y en lo alto del jardín, una gran casa de cristales relucientes y cortinas amarillo y naranja.
Y todo estaba desierto. Los dos niños subían cautelosos por la grava: tal vez se abrirían las ventanas de par en par y severísimos señoras y señores aparecerían en las terrazas y soltarían grandes perros por las alamedas. Cerca de una cuneta encontraron una carretilla. Giovannino la cogió por las varas y la empujó: chirriaba a cada vuelta de las ruedas con una especie de silbido. Serenella se subió y avanzaron callados, Giovannino empujando la carretilla y ella encima, a lo largo de los arriates y surtidores.
—Esa —decía de vez en cuando Serenella en voz baja, señalando una flor.
Giovannino se detenía, la cortaba y se la daba. Formaban ya un buen ramo. Pero al saltar el seto para escapar, tal vez tendría que tirarlas.
Llegaron así a una explanada y la grava terminaba y el pavimento era de cemento y baldosas. Y en medio de la explanada se abría un gran rectángulo vacío: una piscina. Se acercaron: era de mosaicos azules, llena hasta el borde de agua clara.
—¿Nos zambullimos? —preguntó Giovannino a Serenella.
Debía de ser bastante peligroso si se lo preguntaba y no se limitaba a decir: “¡Al agua!”. Pero el agua era tan límpida y azul y Serenella nunca tenía miedo. Bajó de la carretilla donde dejó el ramo. Llevaban el bañador puesto: antes habían estado cazando cangrejos. Giovannino se arrojó, no desde el trampolín porque la zambullida hubiera sido demasiado ruidosa, sino desde el borde. Llegó al fondo con los ojos abiertos y no vela mas que azul, y las manos como peces rosados, no como debajo del agua del mar, llena de informes sombras verdinegras. Una sombra rosada encima: ¡Serenella! Se tomaron de la mano y emergieron en la otra punta, con cierta aprensión. No había absolutamente nadie que los viera. No era la maravilla que imaginaban: quedaba siempre ese fondo de amargura y de ansiedad, nada de todo aquello les pertenecía y de un momento a otro ¡fuera!, podían ser expulsados.
Salieron del agua y justo allí cerca de la piscina encontraron una mesa de ping—pong. Inmediatamente Giovannino golpeó la pelota con la paleta: Serenella, rápida, se la devolvió desde la otra punta. jugaban así, con golpes ligeros para que no los oyeran desde el interior de la casa. De pronto la pelota dio un gran rebote y para detenerla Giovannino la desvió y la pelota golpeó en un gong colgado entre los pilares de una pérgola, produciendo un sonido sordo y prolongado. Los dos niños se agacharon en un arriate de ranúnculos. En seguida llegaron dos criados de chaqueta blanca con grandes bandejas, las apoyaron en una mesa redonda debajo de un parasol de rayas amarillas y anaranjadas y se marcharon.
Giovannino y Serenella se acercaron a la mesa. Había té, leche y bizcocho. No había más que sentarse y servirse. Llenaron dos tazas y cortaron dos rebanadas. Pero estaban mal sentados, en el borde de la silla, movían las rodillas. Y no lograban saborear los pasteles y el té con leche. En aquel jardín todo era así: bonito e imposible de disfrutar, con esa incomodidad dentro y ese miedo de que fuera sólo una distracción del destino y de que no tardarían en pedirles cuentas.
Se acercaron a la casa de puntillas. Mirando entre las tablillas de una persiana vieron, dentro, una hermosa habitación en penumbra, con colecciones de mariposas en las paredes. Y en la habitación había un chico pálido. Debía de ser el dueño de la casa y del jardín, agraciado de él. Estaba tendido en una mecedora y hojeaba un grueso libro ilustrado. Tenía las manos finas y blancas y un pijama cerrado hasta el cuello, a pesar de que era verano.
A los dos niños que lo espiaban por entre las tablillas de la persiana se les calmaron poco a poco los latidos del corazón. El chico rico parecía pasar las páginas y mirar a su alrededor con más ansiedad e incomodidad que ellos. Y era como si anduviese de puntillas, como temiendo que alguien pudiera venir en cualquier momento a expulsarlo, como si sintiera que el libro, la mecedora, las mariposas enmarcadas y el jardín con juegos y la merienda y la piscina y las alamedas le fueran concedidos por un enorme error y él no pudiera gozarlos y sólo experimentase la amargura de aquel error como una culpa.
El chico pálido daba vueltas por su habitación en penumbra con paso furtivo, acariciaba con sus blancos dedos los bordes de las cajas de vidrio consteladas de mariposas y se detenía a escuchar. A Giovannino y Serenella el corazón les latió aún con más fuerza. Era el miedo de que un sortilegio pesara sobre la casa y el jardín, sobre todas las cosas bellas’51 y Cómodas, como una antigua injusticia.
El sol se oscureció de nubes. Muy calladitos, Giovannino y Serenella se marcharon. Recorrieron de vuelta los senderos, con paso rápido pero sin correr. Y atravesaron gateando el seto. Entre las pitas encontraron un sendero que llevaba a la playa pequeña y pedregosa, con montones de algas que dibujaban la orilla del mar. Entonces inventaron un juego espléndido: la batalla de algas. Estuvieron arrojándoselas a la cara a puñados, hasta caer la noche. Lo bueno era que Serenella nunca lloraba.
(Los amores díficiles)
(1923-1985)
El jardín encantado
Giovannino y Serenella caminaban por las vías del tren. Abajo había un mar todo escamas azul oscuro azul claro; arriba un cielo apenas estriado de nubes blancas. Los rieles eran relucientes y quemaban. Por las vías se caminaba bien y se podía jugar de muchas maneras: mantener el equilibrio, él sobre un riel y ella sobre el otro, y avanzar tomados de la mano. 0 bien saltar de un durmiente a otro sin apoyar nunca el pie en las piedras. Giovannino y Serenella habían estado cazando cangrejos y ahora habían decidido explorar las vías, incluso dentro del túnel, jugar con Serenella daba gusto porque no era como las otras niñas, que siempre tienen miedo y se echan a llorar por cualquier cosa. Cuando Giovannino decía: “Vamos allá”, Serenella lo seguía siempre sin discutir.
¡Deng! Sobresaltados miraron hacia arriba. Era el disco de un poste de señales que se había movido. Parecía una cigüeña de hierro que hubiera cerrado bruscamente el pico. Se quedaron un momento con la nariz levantada; ¡qué lástima no haberlo visto! No volvería a repetirse.
—Está a punto de llegar un tren —dijo Giovannino.
Serenella no se movió de la vía.
—¿Por dónde?—preguntó.
Giovannino miró a su alrededor, con aire de saber. Señaló el agujero negro del túnel que se veía ya límpido, ya desenfocado, a través del vapor invisible que temblaba sobre las piedras del camino.
—Por allí —dijo. Parecía oír ya el oscuro resoplido que venía del túnel y vérselo venir encima, escupiendo humo y fuego, las ruedas tragándose los rieles implacablemente.
—¿Dónde vamos, Giovannino?
Había, del lado del mar, grandes pitas grises, erizadas de púas impenetrables. Del lado de la colina corría un seto de ipomeas cargadas de hojas y sin flores. El tren aún no se oía: tal vez corría con la locomotora apagada, sin ruido, y saltaría de pronto sobre ellos. Pero Giovannino había encontrado ya un hueco en el seto.
—Por ahí.
Debajo de las trepadoras había una vieja alambrada en ruinas. En cierto lugar se enroscaba como el ángulo de una hoja de papel. Giovannino había desaparecido casi y se escabullía por el seto.
—¡Dame la mano, Giovannino!
Se hallaron en el rincón de un jardín, los dos a cuatro patas en un arriate, el pelo lleno de hojas secas y de tierra. Alrededor todo callaba, no se movía una hoja. “Vamos” dijo Giovannino y Serenella dijo: “Sí”.
Había grandes y antiguos eucaliptos de color carne y senderos de pedregullo. Giovannino y Serenella iban de puntillas, atentos al crujido de los guijarros bajo sus pasos. ¿Y si en ese momento llegaran los dueños?
Todo era tan hermoso: bóvedas estrechas y altísimas de curvas hojas de eucaliptos y retazos de cielo, sólo que sentían dentro esa ansiedad porque el jardín no era de ellos y porque tal vez fueran expulsados en un instante. Pero no se oía ruido alguno. De un arbusto de madroño, en un recodo, unos gorriones alzaron el vuelo rumorosos. Después volvió el silencio. ¿Sería un jardín abandonado?
Pero en cierto lugar la sombra de los árboles terminaba y se encontraron a cielo abierto, delante de unos bancales de petunias y volúbilis bien cuidados, y senderos y balaustradas y espalderas de boj. Y en lo alto del jardín, una gran casa de cristales relucientes y cortinas amarillo y naranja.
Y todo estaba desierto. Los dos niños subían cautelosos por la grava: tal vez se abrirían las ventanas de par en par y severísimos señoras y señores aparecerían en las terrazas y soltarían grandes perros por las alamedas. Cerca de una cuneta encontraron una carretilla. Giovannino la cogió por las varas y la empujó: chirriaba a cada vuelta de las ruedas con una especie de silbido. Serenella se subió y avanzaron callados, Giovannino empujando la carretilla y ella encima, a lo largo de los arriates y surtidores.
—Esa —decía de vez en cuando Serenella en voz baja, señalando una flor.
Giovannino se detenía, la cortaba y se la daba. Formaban ya un buen ramo. Pero al saltar el seto para escapar, tal vez tendría que tirarlas.
Llegaron así a una explanada y la grava terminaba y el pavimento era de cemento y baldosas. Y en medio de la explanada se abría un gran rectángulo vacío: una piscina. Se acercaron: era de mosaicos azules, llena hasta el borde de agua clara.
—¿Nos zambullimos? —preguntó Giovannino a Serenella.
Debía de ser bastante peligroso si se lo preguntaba y no se limitaba a decir: “¡Al agua!”. Pero el agua era tan límpida y azul y Serenella nunca tenía miedo. Bajó de la carretilla donde dejó el ramo. Llevaban el bañador puesto: antes habían estado cazando cangrejos. Giovannino se arrojó, no desde el trampolín porque la zambullida hubiera sido demasiado ruidosa, sino desde el borde. Llegó al fondo con los ojos abiertos y no vela mas que azul, y las manos como peces rosados, no como debajo del agua del mar, llena de informes sombras verdinegras. Una sombra rosada encima: ¡Serenella! Se tomaron de la mano y emergieron en la otra punta, con cierta aprensión. No había absolutamente nadie que los viera. No era la maravilla que imaginaban: quedaba siempre ese fondo de amargura y de ansiedad, nada de todo aquello les pertenecía y de un momento a otro ¡fuera!, podían ser expulsados.
Salieron del agua y justo allí cerca de la piscina encontraron una mesa de ping—pong. Inmediatamente Giovannino golpeó la pelota con la paleta: Serenella, rápida, se la devolvió desde la otra punta. jugaban así, con golpes ligeros para que no los oyeran desde el interior de la casa. De pronto la pelota dio un gran rebote y para detenerla Giovannino la desvió y la pelota golpeó en un gong colgado entre los pilares de una pérgola, produciendo un sonido sordo y prolongado. Los dos niños se agacharon en un arriate de ranúnculos. En seguida llegaron dos criados de chaqueta blanca con grandes bandejas, las apoyaron en una mesa redonda debajo de un parasol de rayas amarillas y anaranjadas y se marcharon.
Giovannino y Serenella se acercaron a la mesa. Había té, leche y bizcocho. No había más que sentarse y servirse. Llenaron dos tazas y cortaron dos rebanadas. Pero estaban mal sentados, en el borde de la silla, movían las rodillas. Y no lograban saborear los pasteles y el té con leche. En aquel jardín todo era así: bonito e imposible de disfrutar, con esa incomodidad dentro y ese miedo de que fuera sólo una distracción del destino y de que no tardarían en pedirles cuentas.
Se acercaron a la casa de puntillas. Mirando entre las tablillas de una persiana vieron, dentro, una hermosa habitación en penumbra, con colecciones de mariposas en las paredes. Y en la habitación había un chico pálido. Debía de ser el dueño de la casa y del jardín, agraciado de él. Estaba tendido en una mecedora y hojeaba un grueso libro ilustrado. Tenía las manos finas y blancas y un pijama cerrado hasta el cuello, a pesar de que era verano.
A los dos niños que lo espiaban por entre las tablillas de la persiana se les calmaron poco a poco los latidos del corazón. El chico rico parecía pasar las páginas y mirar a su alrededor con más ansiedad e incomodidad que ellos. Y era como si anduviese de puntillas, como temiendo que alguien pudiera venir en cualquier momento a expulsarlo, como si sintiera que el libro, la mecedora, las mariposas enmarcadas y el jardín con juegos y la merienda y la piscina y las alamedas le fueran concedidos por un enorme error y él no pudiera gozarlos y sólo experimentase la amargura de aquel error como una culpa.
El chico pálido daba vueltas por su habitación en penumbra con paso furtivo, acariciaba con sus blancos dedos los bordes de las cajas de vidrio consteladas de mariposas y se detenía a escuchar. A Giovannino y Serenella el corazón les latió aún con más fuerza. Era el miedo de que un sortilegio pesara sobre la casa y el jardín, sobre todas las cosas bellas’51 y Cómodas, como una antigua injusticia.
El sol se oscureció de nubes. Muy calladitos, Giovannino y Serenella se marcharon. Recorrieron de vuelta los senderos, con paso rápido pero sin correr. Y atravesaron gateando el seto. Entre las pitas encontraron un sendero que llevaba a la playa pequeña y pedregosa, con montones de algas que dibujaban la orilla del mar. Entonces inventaron un juego espléndido: la batalla de algas. Estuvieron arrojándoselas a la cara a puñados, hasta caer la noche. Lo bueno era que Serenella nunca lloraba.
(Los amores díficiles)
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